EN DEFENSA DE LA VIDA DE SAKINEH ASTHIANI

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Juan María Alponte

Me uno, sin dudas, a la batalla universal por salvar la vida de Sakineh Mohammadi Asthiani que acusada de adulterio, en Irán, ha sido condenada a la muerte por lapidación, es decir, a pedradas, en Irán, por adulterio. El tema de la mujer, en algunas regiones del Islam, sigue teniendo un origen no distinto al de las otras dos religiones monoteístas, esto es, la judía y la cristiana. En la Azora IV del Corán (175 versículos) titulada “Las Mujeres” se dice algo no muy distinto a ciertas Epístolas de San Pablo a los corintios.
He de advertir que los eruditos islámicos señalan que ninguna traducción del Corán es perfecta y que sólo en árabe adquiere toda su dimensión. En el que tengo ante mí (“Le Coran”, traducido del árabe por Kasimirski, con una cronología y prefacio de Mohammed Arkoun) se dice en la misma Azora IV “que los hombres son superiores a las mujeres a causa de las cualidades por las cuales Dios ha elevado a estos y porque los hombres emplean sus bienes para dotar a las mujeres. Las mujeres son obedientes y sumisas; ellas conservan cuidadosamente durante la ausencia de sus maridos aquello que Dios ha ordenado conservar intacto”. ¿Podría asumirse todo ello, a la letra, en estos días?
San Pablo no dudó en decir lo mismo sobre la superioridad de los hombres añadiendo que ellos eran la “cabeza” y que ellas debían obedecer y no podían enseñar. En el Corán traducido al español por el doctor Juan Vernet (y publicado por Plaza & Janés) se añade, para la misma Azora IV, lo siguiente: “Las mujeres piadosas son sumisas a las disposiciones de Dios; son reservadas en la ausencia de sus maridos en lo que Dios mandó ser reservado. A aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestarlas, mantenerlas separadas en sus habitaciones, golpearlas. Si os obedecen, no busquéis procedimiento para maltratarlas. Dios es altísimo, grandioso…”.
Juliette Minces, en su libro “Le Coran et les femmes” (El Corán y las mujeres) esta notable estudiosa del Instituto de Lenguas y Civilizaciones Orientales de Francia y que ha vivido en varios países musulmanes durante años dedica un capítulo al adulterio. Señala, con un criterio moderno, “que en los comienzos del Islam el adulterio era considerado como una falta mayor y que los culpables debían recibir 100 latigazos ante una Asamblea de Creyentes”. Añade: “Después, por la costumbre, el Islam retomó la Ley Judía y la flagelación fue reemplazada por la lapidación hasta la muerte”. Los monoteísmos se vinculan entre sí.
Señala, la erudita, que el Corán amplía el procedimiento: “Se darán 100 latigazos al hombre o la mujer adúltera. Que la compasión no impida el cumplimiento de este precepto de Dios, si creéis en Dios y el Día Final, que el suplicio tenga lugar en presencia de un cierto número de creyentes”.
También señala el Corán “que una falsa acusación de adulterio contra una mujer virtuosa, sin tener cuatro testigos, recibirá (el acusador) 80 latigazos…”. ¿Quién los encuentra en el fanatismo?
De una forma u otra el mundo contemporáneo no puede admitir ya esos modelos. En el caso de la iraní Asthiani ya son millares de firmas en favor de su total exculpación y, por tanto, contra la lapidación que constituye una muerte horrible. Tema relevante, además, porque en Irán sigue vigente la pena de muerte. En el 2009 fueron ejecutadas, aún, 388 personas, es decir, solamente China superó a Irán en condenas a la última pena. Oponerse a la pena de muerte y, sin réplica alguna, a la lapidación constituye una petición universal si, además, va acompañada de la idea de que la mujer es inferior al hombre, cosa absolutamente inaceptable y que constituye un retroceso inevitable a la barbarie, sea en el cuadro del Islam o de cualquier otra religión monoteísta o no.
En uno de mis libros “Mujeres, Crónica de una Rebelión Histórica”, Editorial Aguilar (2005) recupero del texto “100 Points Chauds de L’Histoire de la Eglise”, que tiene el prólogo del cardenal A. Renard, lo siguiente y que se refiere al mundo cristiano: “Entre 1576 y 1606 la Inquisición condenó, a la hoguera, entre 2,000 y 3,000 mujeres acusadas de brujería. Sólo en Ginebra, alrededor de 500 mujeres acusadas de brujería perecieron”.
En el juicio contra Juana de Arco en 1431, tenía 18 años, y vestida de soldado, con deseo de ayudar al Delfín de Francia en horas de la ocupación inglesa de Francia, señaló que recibió un mensaje divino para ayudarle. Las matronas, en nombre del obispo de Reims, la examinaron para ver si era pucelle, doncella o virgen y tal lo era. En el sentir de la época las brujas fornicaban con el Diablo. Así aparece en el proceso eclesial con un Tribunal de 95 clérigos. Se comenzó por la vestimenta, de Juana, de hombre. Se asumió “que vestir como hombre, con pantalones, es rechazar el sexo femenino, contra la Ley Divina, cosa abominable a Dios”. La joven resistió a la tortura de interrogatorios infames: “Cuando se te apareció el ángel diciéndote que lucharas por el Delfín de Francia, ¿iba desnudo o vestido?”.
Juana contestó: “¿Es que nuestro Señor no puede vestir a sus ángeles?”. La adolescente no sabía escribir ni leer. Fue interrogada por los inquisidores así: “¿Crees, tú, Juana, estar en gracia de Dios?”. Respondió: “Si no lo estoy Dios querrá que lo esté y si lo estoy quiera Dios que me mantenga en la gracia”.
Noventa y cinco teólogos condujeron su proceso, uno de los procesos más vejatorios e indignos de la historia. Les dijo: “Vale más vestir de hombre que de mujer cuando se está entre hombres”.
El 30 de mayo de 1431 –por la presión de los ingleses que eran dueños de media Francia y que en algunas batallas la Doncella les había dejado en ridículo- fue condenada, como bruja, a ser quemada viva. Al duque de Castries solamente le dijo: “Dios mío, ¿es preciso que mi cuerpo, neto y entero, que no fue jamás corrompido, sea reducido a cenizas? Preferiría ser decapitada siete veces antes que ser quemada”. Fue quemada.
La reacción en Francia fue intensa y profunda. En 1456 el arzobispo Reims, después de una revisión del proceso, lo declaró nulo, sin valor y sin efecto. En las iglesias de Francia se levantaron, antes, estatuas de Juana de Arco y la gente oraba ante ellas. El 18 de abril de 1909 el Papa proclamó la beatificación de la Doncella. Sesenta y siete obispos franceses asistieron a la ceremonia de su beatificación en Roma. En 1905 Francia había declarado (regresando a la Revolución Francesa) la separación de la Iglesia y el Estado. En ese año nacieron los filósofos Raymond Aron y Jean-Paul Sartre.
Recuerdo todo esto en memoria de todas las mujeres, en honor de las mujeres y, hoy, uno mi firma, clamante, a la defensa de la vida de Sakineh Asthiani. Es hora de que toda barbarie fundada en la intolerancia y la simplificación religiosa encuentre, sin una sola duda, una resistencia total. Por otra parte, los dos hijos de Sakineh Asthiani han proclamado la inocencia de su madre. Por su vida y por su libertad firmo este texto.
Otra vez lo hice por otra mujer islámica acusada de lo mismo y por la indignación de todos con todos se procedió a dejarla en libertad. Uno con otro más y otro y otro más.
Ello, por si fuera poco, cuando las mujeres aparecen ya en lugares relevantes del poder político y de la ciencia. La mayor parte de ellas pasan de la minifalda-mini al pantalón vaquero y en México, en estos momentos de crisis económica, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleos, crece el número de hombres al frente de los hogares mientras las mujeres van al trabajo –porque las pagan menos- y ellos tienen que quedarse en la casa aprendiendo qué dura es esa tarea (voz la de tarea, por cierto, de origen árabe y que así ha pasado al español) y lo que significa que, año tras año, década tras década, creamos menos empleos que los que demanda el incremento anual de la Población Económicamente Activa. Inquiérase el significado del desempleo de los jóvenes mexicanos y se entenderá por qué el narco y la delincuencia son inseparables de esa realidad no accidental, sino histórica. En el nombre de Sakineh Asthiani.

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